Hasta siempre, querido José

Una de las grandes virtudes que tuvo José José fue que recibió en vida más oraciones que un santo en una iglesia. Su calidad humana le permitió ganarse el corazón de un público que le perdonaba todo: sus adicciones, su falta de voz y hasta sus ofensas a los periodistas que con sus juicios le tiraron contratos importantes, derivado del alcoholismo que mandó a la lona cientos de veces al cantante.
José José fue un hombre que nació para sufrir, me dice uno de sus músicos, y a pesar de que le fue muy bien en su carrera, sus romances con Kiki Herrera Calles y Anel Noreña nunca tuvieron un buen resultado. Las amó, le dieron hijos, gozó; pero el amor de su vida lo encontró en una mujer desconocida en Azcapotzalco, y en el ocaso de su vida en Sarita Salazar, a quien nombró como la última mujer que creyó en él.
Sobre el escenario, José José fue un cantante al que se le pagaba para verlo sufrir, al ver cómo su voz se apagaba cual cabito de vela. Sus largas temporadas en el centro nocturno El Patio eran el marco perfecto para ir a emborracharse con la voz de El Príncipe. Él, atento como siempre, con esa especial facultad que tenía para recordar los rostros y nombres de la gente que le saludaba, abría el corazón de los hombres más hostiles, era el mensajero perfecto para enamorarlas, había quien decía que ir a concierto de José José era el afrodisiaco más efectivo. “Escucharlo cantar y una botella de Bacardí, te aseguraban la noche”, me decía un famoso programador de radio mientras veíamos en YouTube el video He renunciado a ti, que sin ser uno de sus éxitos icónicos, tiene cerca de 34 millones de visitas.
José José era un príncipe al cual se le rendía tributo en la estaciones del metro, pues cientos de comerciantes vivieron de la venta de sus discos, la gran parte de ellos pirata; se rendían también ante él ricos y pobres, que en sus fiestas ponían uno de los más de 100 millones de discos legales que compraron. Su gran virtud es que su público era de todas las edades. Recuerdo que mi abuela vivía en el Centro Histórico de la Ciudad de México, y junto a la puerta del departamento de la vieja vecindad de la calle de Bolivia, había un tocadiscos Philips y dentro de él estaba siempre un disco de 45 revoluciones de la canción Mamacita, tema que el príncipe dedicó a su madre Margarita Ortiz, y que se ponía de manera indistinta en el departamento.
Dentro del derroche de virtudes que José tenía destaca la impactante voz con la que cantaba, misma que comenzó a desaparecer desde 1990, pues una tarde en el Teatro de la Ciudad, en un festival de radio, el príncipe no logró soltar una nota y la gente terminó cantando.
Su rango vocal le permitía ir de los graves a los agudos como pocos intérpretes, sostener las notas sin perder potencia y además transmitir cada una de las letras que los compositores, en su mayoría españoles, hicieron sus más grandes éxitos. Como el álbum Secretos (1983) de Manuel Alejandro, con el que logró vender 15 millones de discos y que alcanzó en su reedición otros millones más, siendo el material que más vendió en su historia.
Siendo un niño, conocí a José en El Patio, centro nocturno cuyo local está frente a la Secretaría de Gobernación en México, y del cual Manuel Gómez era el gerente. Una noche de las grandes temporadas de ese centro de espectáculos que lo presentaba con dos funciones de miércoles a sábado, no olvido cuando al cantar, detuvo a sus músicos y dedicó el espectáculo a mi padre, un periodista a quien dedicó un discurso generoso en agradecimiento por lo que publicaba de él.
José fue generoso siempre, agradecido con todos. Cuando llegaba a la promoción de sus discos, saludaba de beso a las secretarias, recordando alguna anécdota de la visita anterior, les llamaba por su nombre, preguntaba por los hijos de los operadores de radio, abrazaba a los locutores y a todos los llamaba “hermano del alma”, repartiendo una sonrisa, siempre sobrio, pues mientras trabajaba intentaba llegar bien, pues era un obsesivo de la imagen.
Sin embargo, cuando entraba en confianza, cuando iba con sus amigos, no perdonaba un vodka derecho aunque fueran las 11 de la mañana, y la gente que trabajaba con él tenía un reto importante: cuidar que no tomara para que no se perdiera después.
José José era un personaje abierto a los tours de promoción y un soldado de su compañía disquera. Hacía lo que le dijeran, iba a todos lados, no había medios pequeños para él y creía que las estrellas se hacían por el contacto de su gente. Sin embargo, poco servía tanto esfuerzo pues su voz se acababa; ya en la intimidad pedía con el corazón a su Dios que no se llevara su voz, pues al perderla se le acababa la vida.
Siempre viviendo del amor de sus pocos amigos, José reconoció que los ángeles de su vida fueron el comunicador Ricardo Rocha, la empresaria Tina Galindo y su padre el general Antonio Galindo Ochoa y Fanny Schatz, quienes lo sacaron de la miseria de vivir en un carro -perdido en el alcohol- para mandarlo a una clínica de rehabilitación en Minnesota.
Lo entrevisté muchas veces, siempre atento, pero en los últimos encuentros le invadía un especial coraje con la vida. “No quiero hablar con esa gente de Tv Azteca -me decía- ellos se han dedicado a matarme en vida, a Sarita la tratan horrible y tus compañeros entienden a gritos, no Gilberto, no quiero eso en mi vida”, me contaba con la impotencia reflejada en sus ojos y hablando con mucho trabajo.
Y no era para menos. A José le acompañaba siempre un traje impecable, una camisa perfectamente planchada y doce cajas de medicamentos para controlar su diabetes y cortisona para abrirle la garganta.
A José lo ayudaron todas las estrellas de la música, empresarios y el público, que siempre lo amó. Cerraban restaurantes para convivir con él, le hacían caravanas, cortes de carne especiales y hasta le complacían con temas de Frank Sinatra, Johnny Mathis y Pepe Jara, su principal inspiración.
Por su amistad con todos, había gente que lo imitaba en su vestuario, en un intento de verse en el espejo del hombre triunfador, pero también fue la referencia nostálgica de un José Sosa que sólo se bebió a José José, que saboreó su dolor sin pedir compasión ni piedad y que vivió en un cruda eterna… fueron 30 años de alcoholismo.
Recuerdo que en una entrevista en el Hotel Presidente, me miró fijamente y dijo, recordando con tristeza: “El alcoholismo lo padecí durante 30 años. Es muy fuerte darte cuenta que no puedes parar, que el alcoholismo te atrapó. Amaneces crudo, entre comillas, y amaneces sobrio, porque estás lastimado de tanta intoxicación, pero estás bien de aquí (la cabeza) y te das cuenta que no puedes parar de beber. Es el infierno, y cuando tienes que seguir intoxicándote para sentirte bien un rato es dolorosísimo, además de todo lo que se pierde, como los años y tu gente”. Triste, se confesó: “El alcoholismo es algo que yo no pedí tener”.
Y después fue un estuche de padecimientos; vino la enfermedad de Limb, parálisis facial y en el lado izquierdo de su cuello, con severas consecuencias en la faringe y la laringe, además de una serie de complicaciones como un pulmonía fulminante que le paralizó el diafragma y después los pulmones. Sin contar la prótesis en su cadera.
José fue un gladiador, luchó contra el alcohol, las enfermedades, pero también luchó contra los chismes que lo mataban desde 1990. Sin embargo, salió avante, fue un guerrero, ejemplo de lo bueno y lo malo, el mejor referente de que se puede reconstruir aún en las peores adversidades, pero también de que su mejor talento estuvo en sobrevivir. Y vaya que dio la batalla…

El príncipe, David Casco y yo, en un homenaje organizado por Diario Basta.

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